Capítulo 35 - Eternamente Joven (Último Capítulo)



Sólo había miradas. Miradas entre nosotros. Noelia miraba a Fabio, Julio miraba a Noelia, Fabio me miraba a mí...
-¡Vaya! Esto es extraño – conseguí articular finalmente – ¡Cuánto tiempo!
-Sí, demasiado.
Fabio y Noelia no quisieron quedarse en medio. Hay situaciones en las que alguien sabe cuándo sobra y ésta supongo que era una de ellas.
-Me alegro de verte – dijo Julio – Y antes de que digas nada...
-Déjame hablar a mí – le interrumpí, pero me quedé en silencio sin saber muy bien qué decir – Esto nuestro... ha sido, ¿cómo decirlo sin que suene mal? – me quedé pensando en las palabras exactas, pero no las encontré – Ha sido el mayor error de nuestras vidas.
-Por fin algo en que los dos estamos de acuerdo – él se rió, me di cuenta de que extrañaba su risa – No quiero perderte, eres mi mejor amigo. Pero todo es complicado. No podemos hacer como si nada hubiera pasado entre nosotros, porque sí ha pasado. Equivocados o no, ha pasado algo.
Hubo lástima en su mirada, lo pude notar. Realmente Julio tenía razón. Hay situaciones en las que puedes fingir que no ha pasado nada y seguir adelante con tu vida sin ningún problema. Nosotros habíamos hecho eso todo el tiempo, hasta que la cuerda de la que ambos tirábamos, se había roto por todas partes.
Dicen que de la amistad al amor hay un pequeño paso... Pero lo que la gente ignora, es que en medio de ese pequeño paso, existe un limbo maldito.
Julio y yo nunca llegamos a dar el paso. Nos acomodamos en ese limbo durante mucho tiempo, confundiendo sentimientos y luchando contra situaciones que nunca iban a pasar. Quizás ese ha-bía sido nuestro mayor error.
-¿Y qué es lo que nos queda?
Julio volvió a hacer esa pregunta. No había tenido tiempo de pensar una respuesta desde que me la había hecho por primera vez. Entonces me acordé de las palabras de Noelia y me imaginé un folio en blanco, esperando ser escrito. Y la respuesta vino sola.
-Supongo que lo único que nos queda es tiempo. Sólo el tiempo pone todo en su sitio, incluso los errores.
-¿Y cuándo empezamos?
-¿Qué tal ahora?
Le di dos besos y le dije mi nombre. Puede que fuese un acto infantil, pero fue lo único que se me ocurrió hacer.
-¡Estás loco!
Mi teléfono móvil empezó a vibrar, Alberto estaba en la entrada de la discoteca.
-Vengo ahora, voy a buscar a alguien.
Cuando me disponía a bajar las escaleras, Julio me paró.
-Antes de nada, quiero que sepas que he vuelto con Diego. Y sé que estoy haciendo el imbécil volviendo a ilusionarme pero...
-Julio, no estás haciendo el imbécil – le sonreí – Hay historias que no tiene fin y supongo que la vuestra es una de ellas. Diego es un buen chico, sólo tiene que empezar a valorar lo que tiene a su lado.
Bajé las escaleras del “Blowjob”. Como siempre, Fabio y Noelia bailaban bajo la cabina del DJ. Les hice una señal para que subieran y me hicieron caso.
Ya empezaba a haber gente. Las luces ya empezaban a girar y los gogós ya movían sus cuerpos medio desnudos dentro de las jaulas.
-¡Hola!
Alberto estaba impresionantemente guapo y apreciablemente nervioso. Me acordé de mi primera noche por el ambiente, igual de nervioso e igual de arreglado.
-¿Estás preparado?
-¿Tengo que decir la verdad?
-Tú procura no ir solo al servicio, mantente lejos de las zonas muy oscuras y con poca gente y si un viejo de cincuenta años te ofrece una copa dile que no – le resumí brevemente lo que no te-nía que hacer – En su argot quiere decir que quieres un polvo con él.
Alberto hizo un amago de sonrisa. No pude evitar reírme de su cara, tan expresiva como siempre. Y le abracé, tuve la necesidad de hacerlo. Puede que mis consejos hubiesen sido algo exagerados, o puede que no, pero me apetecía darle ese abrazo.
-¡Estás aquí!
La voz de Vega sonó a mis espaldas. Pude apreciar sólo en su tono de voz que iba más borracha de como la habíamos dejado. Amelia seguía con ella.
-¿Te acuerdas de Mel? – preguntó Vega entre risas – Es genial y sus gafas son maravillásticas.
-Te prometo que no sabía que estaba tan borracha – Amelia miró para mí rogando perdón – Sólo nos hemos bebido dos chupitos.
-Tranquila, tiene mucho aguante.
-Y tú eres Alberto – Vega ya no controlaba su tono de voz, el siguiente paso sería pedirme un cigarrillo – Yo soy Vega, la amiga borracha de Ian. Encantada.
-Encantado.
-Pero si eres súper guapo – el comentario de Vega sonrojó a Alberto – Ten cuidado ahí dentro.
-Vega, no asustes al chico – dijo Amelia agarrándola por un brazo – Vamos dentro.
Los cuatro entramos en “Blowjob”. Alberto abrió la boca del asombro. Vega se giró hacia mí y me preguntó dónde estaban los demás. Con un gesto señalé la parte de arriba.
Atravesamos la pista de baile abriéndonos paso entre una multitud sedienta de sexo.
Recordé la primera vez que entré en mi primer sitio de ambiente. Mi expresión de horror había sido la misma que Alberto tenía en esos momentos. Habían conseguido escandalizarme dos chicos que se metían mano por encima de la ropa. Hoy ya nada me sorprendía.
-Prométeme que nunca acabaré así – Alberto señaló a dos chicos sin camiseta que bailaban acaloradamente – ¡Es denigrante!
-Todo depende de ti y de lo que vivas – contesté yo subiendo las escaleras – Pero sobretodo de ti.
-Entonces me quedaré eternamente joven – de nuevo esa dulce e inocente sonrisa – Para siempre.

Yo me reí. Eternamente joven habían sido mis palabras antes de empezar a crecer, antes de empezar a ver cómo era el mundo. Y aunque te creas esas palabras, llega un día en el que inevitablemente te haces mayor.
Empiezas a crecer de manera inexplicable y te das cuenta de que el mundo que te rodea está lleno de cosas que nunca llegarás a entender.
Al principio tratas de luchar contra ellas. Una batalla en la que sólo tú eres el protagonista, luchando contra la naturaleza del ser humano, luchando contra tu naturaleza. Hasta que llega un día en que las ganas de luchar desaparecen.
Y entonces aceptas tu naturaleza, aceptas que no puedes hacer nada por cambiar el mundo en el que vives. Muy a tu pesar lo acabas aceptando.
Pero no todo en la vida es blanco o negro, hay infinidad de colores dentro de la oscuridad. Incluso dentro de esa multitud, puedes llegar a marcar la diferencia con un simple gesto.
Puedes hundirte hasta lo más hondo de tu lado oscuro y volver a renacer. Yo lo hice.
Fui una persona más dentro del mundo gay, dejándome llevar por los manjares que ofrecía y haciéndome creer a mí mismo que era alguien que realmente no era.
Pero de todo se aprende, sobre todo de las cosas malas. A veces te das cuenta antes y a veces te das cuenta demasiado tarde. Pero es bonito darte cuenta y poder salir a la superficie después de estar en lo más profundo de tu lado oscuro.

Había olvidado lo que era caminar en compañía de Julio a las seis de la madrugada rumbo a mi casa. Pero ahí estábamos. Él y yo juntos de nuevo despidiéndonos en mi portal, como si todo este tiempo no hubiese existido.
-¿Quieres subir? Pregunté yo entre risas.
-Bueno, supongo que no todo podrá ser como antes – él también se rió – Diego me está esperando en casa.
-¿De qué me suena eso?
Ambos volvimos a reír. Nos quedamos en silencio mirando el uno para el otro, sin nada que decirnos a pesar de querer hablar de todo otra vez. Pude sentir su tristeza, irónicamente, la misma que yo sentía.
-Es hora de que suba – me despedí de Julio con un gesto y una sonrisa que no llegaba a ser del todo una sonrisa – Supongo que te veo mañana.
-Ian.
A punto de cerrar el portal, me volví a girar hacia Julio.
-Dime.
-Aunque el reloj se pare... puedes seguir mirando la hora. Lo sabes, ¿verdad?

Me quedé pensando en esas palabras, pensando en el reloj, pensando en la hora... y finalmente asentí con una sonrisa.
Claro que lo sabía. Sabía perfectamente que aunque todo no fuese como antes, él seguiría estando ahí y yo seguiría estando aquí. Incluso todo este tiempo sin hablarnos habíamos estado en el mismo lugar, esperando el uno por el otro.
Porque al fin y al cabo eso es la amistad, en eso se diferencia del amor.
Porque el amor va y viene, una y otra vez con distintas caras y distintos nombres. Pero la amistad siempre perdura. El rostro de un amigo de verdad nunca cambia, el nombre siempre es el mismo.
Y puede que pase el tiempo, puede que la distancia os aleje y que nada sea como fue aquel día en que os unía todo. Pero siempre quedará el recuerdo.
Y con un amor nunca podrás quedar después de un tiempo y volver a hablar y sentir lo que os unió el día que más os amasteis.
Sin embargo, con un amigo siempre podrás hacer que la confianza que un día tuvisteis no quede en quimeras o utopías. Con un amigo siempre podrás hacer como si el tiempo no hubiese existido nunca.

Capítulo 34 - En la Línea de Salida



-Estoy nerviosa, estoy nerviosa.
Vega daba vueltas de un lado para otro por mi piso. Habían pasado dos semanas desde lo de Isaac y yo me sentía capacitado para salir por primera vez. Era viernes y Vega había quedado con una chica que había conocido por Internet.
-Vega, relájate – Noelia no podía dejar de reír – Al final te va a bajar la regla de tanto estrés y de aquella sí que la jodiste.
-¡Noelia! – gritó Vega, esta vez desde la cocina – Es mi primera cita en... ¡Es mi primera cita!
-¿Y si le damos otro chupito para relajarla? Sugirió Noelia encendiendo un cigarro.
-¿Y que se quede dormida otra vez? No, no, no – dije entre risas – Mejor que esté nerviosa a inconsciente. ¿Plan b?
-Estaría más relajada si conociese a la chica – Vega volvió a entrar en el salón – Esto de conocer a gente en la red creo que no va conmigo.
-Estamos en el siglo XXI. Hoy en día te sorprendería la cantidad de gente que utiliza Internet para buscar pareja – opiné – Bueno y sexo.
-¿Pareja? – a Vega le salió una voz chillona que nunca le había escuchado – ¿Quién ha hablado de pareja? Sólo vamos a conocernos. La palabra pareja me agobia casi tanto como la palabra enamorarse. Suena todo tan... serio.
Se volvió a levantar del sofá y fue al espejo que había en el pasillo. Después de un par de vueltas regresó al salón.
-¿Seguro que estoy bien?
-¿Nos vamos? – pregunté al borde de un ataque de nervios – Si tengo que convencerla otra vez de que está bien, me pego un tiro.
-Lo siento – Vega se disculpó y cogió su bolso, a juego con el increíble traje chaqueta que llevaba puesto – Ya me calmo.
Quince minutos de taxi más tarde estábamos todos en “La Mancha”, bar de culto para cualquier lesbiana. El local no estaba mal, pero una DJ llamada ChicaBan, se esforzaba duramente en que la música que sonaba nos diese ganas de escapar corriendo.
Fui hasta la barra con Noelia a pedir algo mientras Vega iba al servicio. Después de un par de chupitos rápidos, fuimos con nuestras cervezas a una de las mesas que había en el sitio.
-Después me pasaré por el “Blowjob” a saludar a Iván, ¿te apuntas?
-¿Al “Blowjob”?
A mi cabeza vinieron dos nombres. Dudé, pero finalmente accedí. No podía huir de mi discoteca favorita eternamente.
-Claro, en cuanto aparezca la cita cibernética de Vega – di un trago a mi cerveza y cambié de tema – Y dime, ¿cómo te sientes al ser licenciada en lingüística? ¿Preparada para el mundo real? Dicen que es una mierda.
-Eso dicen, sí – Noelia rió, su cara era toda felicidad – Buscaré trabajo y empezaré una nueva vida. A partir de ahí... ¿Quién sabe?
Vega apareció con el móvil en una mano y un cubata en la otra. Se sentó con nosotros sin dejar de mirar de un lado a otro, más nerviosa que de costumbre.
-¿Le has enviado ya el mensaje? – asintió con la cabeza a mi pregunta – Nosotros vamos al “Blowjob”, ¿te vemos luego allí? – ella se quedó en silencio mirando al infinito – Vega...
Una chica alta, morena y con unos enormes ojos castaños hizo su aparición. Sus gafas estilo retro y su vestimenta pin-up me dejaron con la boca abierta. Vega se levantó del taburete y le dio dos besos.
-Estos son Ian y Noelia – los dos nos levantamos para darle dos besos – Ella es Amelia.
-Amelia... Bonito nombre – dije casi entre risas, recibiendo un codazo de Noelia – Encantado.
-Igualmente – su sonrisa era igual que la de un anuncio de dentífrico – ¿No os quedáis?
-Os dejamos a solas chicas – Noelia esbozó una sonrisa pícara – Nos vemos más tarde.
Salimos de “La Mancha” y fuimos directos a “Blowjob”. Era la primera vez que íbamos tan temprano. Las luces todavía no giraban, los gogós todavía no estaban desnudos dentro de sus jaulas y los camareros charlaban animadamente entre ellos.
Nos acercamos a la cabina del DJ y dejamos allí las cosas. Iván se quitó los auriculares y nos saludó.
-¿Ya ha llegado la cita de Vega?
Noelia y yo nos echamos una mirada cómplice, pero finalmente controlamos la risa tonta.
-Las hemos dejado a solas – dije encendiendo un cigarro – Vamos a coger sitio arriba antes de que llegue la gente con ganas de sexo.
Con la cajetilla en la mano y el teléfono móvil en el bolsillo, fuimos escaleras arriba en busca del mejor sofá. Para mí y para Noelia, el mejor era el más apartado y, por lo visto, para nuestro amigo Fabio también lo era.
-¡Chicos! – Fabio volvió a la superficie – ¿Ya habéis llegado?
-¡Qué sorpresa! – miré a Fabio con ironía – ¿Muy ocupado? Me llamo Ian – dije dando la mano al desconocido – ¿Tienes nombre o sólo eres un nick?
-Me llamo Héctor, encantado.
-Ella es Noelia – Fabio se encargó de la presentación que quedaba – Son mis amigos.
-Creo que es hora de irme – Héctor se incorporó abrochándose la bragueta – Encantado de conocerte.
Mientras Fabio se abrochaba el pantalón, Noelia y yo nos sentamos en el sofá.
-¿Cómo habéis llegado tan pronto?
-Habíamos quedado a las doce – respondió Noelia señalando la hora en su reloj – Con la cabeza entre las piernas también pasa el tiempo.
-Muy graciosa.
-He aprendido del mejor – Noelia le guiñó un ojo – ¿Me acompañas a por algo de beber?
-Claro.
-¿Te traigo algo Ian?
-Un margarita estaría bien.
Fabio y Noelia se perdieron en la oscuridad. Yo me tumbé en el sofá y cerré los ojos intentando evadirme de todo. De pronto mi móvil empezó a vibrar. Alberto al otro lado de la línea.
-Hola. Saludé yo gritando.
-Vaya. Veo que por fin has salido de las cuatro paredes de tu casa – dijo él sonriente – Me alegro.
-No podía quedarme en casa eternamente, aún soy demasiado joven para amargarme – me incorporé y me encendí un cigarrillo – ¿Estás en casa?
-Estoy en casa. He cancelado la orgía que tenía a la una porque mañana tengo cita en el cirujano para el implante de pechos – una vez más me sacó una sonrisa – ¿Qué dices? ¿Te llega una 110?
Los dos nos reímos. En ese momento aparecieron Noelia y Fabio con las bebidas.
-Estoy con unos amigos en el “Blowjob”. Si te apetece venir...
-¿Lo dices en serio? – preguntó Alberto emocionado – ¿Y me dejarán entrar?
-Dame una llamada perdida cuando estés delante y salgo a buscarte – sugerí – No tardes.
Colgué el teléfono y me encontré con las miradas inquisidoras de mis amigos. Di un trago a mi combinado y sus ojos seguían clavados en mí.
-¿Vas a decirnos quién era o te tengo que quitar el móvil? Fabio como siempre fue directo al grano.
-Era Alberto.
-¿Quién es Alberto?
-¿Va a venir? – preguntó Noelia incrédula – Si te denuncian por perversión no quiero saber nada.
-Prometo no delatarte. Apagué mi cigarro en el suelo y me levanté para ir al servicio.
-¿Quién es Alberto? Fabio insistió por segunda vez.
-Alberto es un menor de edad que se está ligando Ian – dijo Noelia entre risas – Así que si te pregunta la policía, tú no sabes nada.
-Los menores para echar un polvo son lo peor – opinó Fabio compartiendo su amplia experiencia sexual con nosotros – Pero para mamarla... no tienen precio.
-Definitivamente el mundo gay está lo siguiente a perdido – sentencié yo – Vengo ahora.
-Antes de que te vayas...
Conocía esa mirada, Fabio estaba a punto de decirme algo que no me iba a gustar.
-Suéltalo.
Noelia agachó la cabeza y la mirada se Fabio se perdió por todo el local.
-Hola.
Conocía esa voz. A mi espalda estaba el que había sido mi mejor amigo durante mucho tiempo, mi otra mitad. Justo detrás de mí estaba la persona a la que más ansiaba ver después de un mes sin noticias suyas.
-Hola Julio.

Capítulo 33 - Donde tú y yo sabemos



-Estés donde estés, siempre te encuentro...
-Será porque no has parado de buscar – era la primera vez que le hablaba mal a Isaac, nunca había sido capaz de hacerlo – ¿Por qué has vuelto?
-Os echaba de menos – respondió él avanzando unos pasos hacia mí – A ti, a Lara, a mis padres... incluso a todas las maricas del “Blowjob”.
Le miré con incredulidad. A pesar de haber pasado todos estos años, seguía notando cuándo mentía y cuándo decía la verdad.
-Me aburrí de Barcelona.
Sacó un cigarro del bolsillo trasero de su pantalón. No había cambiado nada. Seguía llevando camiseta de tiras blanca y pantalón negro ajustado. Casi me había olvidado de su forma de encender los pitillos, dejando caer la cabeza hacia el lado izquierdo y haciendo ese ruido tan irresistible al tragar el humo.
-Todo ha cambiado – dije yo tirando mi pitillo al suelo – Tengo una nueva vida ahora.
-Y tan nueva... – dijo él con sarcasmo – ¿Qué ha sido de Toni? ¿Lo has cambiado por una revista para maricas?
El taxi paró justo enfrente de nosotros. Me levanté del banco y abrí la puerta del coche.
-Si de verdad te he importado alguna vez, no te acerques a mí.
-Mañana a las once de la noche – Isaac ignoró mis palabras, siempre escuchaba lo que quería escuchar – Donde tú y yo sabemos. No me falles...
-¿Y qué pasa si no voy?
Se giró y esbozó una leve sonrisa. En menos de diez segundos se perdió en la oscuridad. Así era Isaac, siempre seguro de su victoria. Apareciendo en el lugar indicado en el momento más oportuno.
Me subí al taxi y fui hasta mi piso. Noelia ya estaba esperando en el portal.
-¿Has visto un fantasma?
-He visto a Isaac – respondí sin expresión en mi voz, su cara también quedó sin expresión – ¿Subimos?
Ella asintió sin poder cerrar la boca. Había vivido lo de Isaac en primera persona y sabía lo que me había costado volver a tener una vida normal.
Subimos en el ascensor en silencio. Miré mi teléfono y ya pasaba de la una de la mañana. Entramos en casa y fuimos derechos al salón. Justin dormía plácidamente en el pasillo. Noelia se sentó en el sofá y se encendió un cigarro. Yo hice lo mismo.
-Me enteré de que había vuelto el viernes, que fue cuando se enteró Lara – rompí el silencio, que no era nada agradable – No quise decir nada, ya sabes cómo soy.
-Sé cómo eres, pero no entiendo que no nos dijeses nada.
-Tú estabas con el examen ocupada – me disculpé como pude a pesar de no tener la razón – Y no esperaba verle tan pronto.
-Más bien esperabas que el problema se esfumase, como haces siempre.
No pude negarlo, ése era yo. En cuanto había problemas, cerraba los ojos y esperaba a que desapareciesen. Nunca era capaz de enfrentarme a ellos.
-Gracias.
-¿Gracias por qué? Noelia se extrañó.
-Por decir las cosas como son en vez de colorearlas. Tengo suerte.
Noelia me dio la mano. Yo estaba temblando.
-¿Puedo decirte algo más? – yo asentí con la cabeza, sin soltar su mano – Creo que deberías hablar con Julio. Me da mucha pena que estéis así.
-¿Cómo empezar una conversación después de una semana sin hablarnos?
-Eres capaz de llenar una hoja en blanco de palabras, Ian. Estoy segura de que serás capaz de decir unas palabras a tu mejor amigo.
Noelia se quedó a dormir conmigo, no hizo falta ni pedírselo. Realmente necesitaba no estar solo.
Me metí en cama para no pensar en nada. Ni en Julio y mis problemas con él, ni en la vuelta de Isaac y tampoco en la cara de decepción que había puesto Alberto cuando oyó toda la historia. Sólo necesitaba dormir...

Me desperté a las once con el sonido del móvil. En mi mesilla había una hoja con la letra de Noelia, diciendo que había quedado con su madre. En mi teléfono, un mensaje de Alberto.
“Siento lo de ayer. ¿Podemos vernos hoy?”
Busqué su número en la agenda y le llamé. Era un detalle muy grande por su parte disculparse cuando no tenía por qué hacerlo.
-No me pidas perdón por lo de ayer. Es normal tu reacción, la entiendo. Por eso no suelo contar mi pasado a mucha gente.
-Es que no me lo esperaba, sólo es eso.
-Olvidemos el tema – dije levantándome de la cama – ¿A qué hora quieres quedar hoy?
-¿Diez y media? ¿Te viene bien?
No contesté. Me acordé de las palabras de Isaac, aún no sabía lo que hacer. Quedar con él, no quedar con él...
-¿Te importa si quedamos por la tarde? – propuse dudando – Pásate por casa cuando quieras, te invito a un café.
-No – respondió él tajante – Hay algo que quiero que veas.
-¿El qué?
-No te desesperes. La paciencia es una buena ciencia.
-Eso dicen...
Colgué el teléfono y fui a hacer lo de todas las mañanas. Cambié las cosas del gato, arreglé la habitación, pasé por la ducha y tomé mi primer café del día delante del ordenador.
Abrí mi correo electrónico y me encontré con un e-mail de Javier Morado. Una parte de mi cerebro que estaba apagada saltó y deseé que me tragase la tierra o que se abriese un agujero negro en mi salón y se llevara mi cuerpo... ¡No había llevado el artículo!
-¡Javier! – no tardé ni dos segundos en marcar el teléfono de mi jefe – Siento no haberte llevado el artículo. Ayer pasó algo y no tuve tiempo ni de...
-Ian, Ian, tranquilo – Javier intentó tranquilizarme – No pasa nada. Puedes mandarme un correo con el artículo. ¿Está todo bien?
-Gracias, en serio – respondí agradecido – Todo bien.
-Me alegro. Pero que no vuelva a pasar. No quiero tener que prescindir de ti en un futuro.
-Entendido.
Dejé el teléfono en la mesita del salón y volví a mirar el ordenador. Tenía otro e-mail de una dirección desconocida. Isaac al otro lado de la red. Dudé si leerlo o no, pero finalmente lo hice.
“No me falles. Sé que me echas de menos y tenemos tiempo que recuperar.”

...Y estaba en lo cierto.
Le echaba de menos. Echaba de menos pasar tiempo con él, poder hablar de cualquier tema, su risa, su mirada... Pero se equivocaba en una cosa: no tenía tiempo que recuperar con él. No quería volver a la vida que había tenido con él.
Lo único que realmente deseaba era poder seguir adelante, romper mi pasado como si fuese un folio lleno de letras y volver a empezar un libro en blanco.
Pero eso no iba a ser posible. Sabía que para dejar atrás mi pasado, tenía que enfrentarme a él. Y para enfrentarme a él, tenía que dejar de huir como había hecho hasta ahora. Tenía que abrir los ojos y empezar a caminar hacia delante.
Pero esta vez no por mis padres, ni por mis amigos... sino por mí mismo.

Alberto fue puntual. Timbró en mi casa poco antes de que diesen las siete y media. Estaba serio, como nunca lo había visto. Esa sonrisa que siempre tenía en la cara parecía que no hubiese existido en ningún momento.
Fuimos caminando en silencio. Cogimos tres metros y un tren de cercanías. En una hora estábamos en un barrio en el que nunca había puesto un pie.
Todo eran chabolas, ratas muertas, vagabundos, drogadictos...
-¿Qué hacemos aquí?
-Ahora lo verás.
-¿Qué tengo que ver aquí?
-¡Alberto!
Un grito me devolvió a la realidad. Un hombre con el pelo graso, barba y apenas dientes se acercaba hacia nosotros con la mirada perdida.
-Alberto, has venido – el hombre le abrazó y Alberto le devolvió el abrazo – Hacía ya mucho que no te veía.
-Yo también, papá.
Me quedé pálido. No me lo podía creer. Ese hombre totalmente demacrado no era un hombre cualquiera, era su padre. Entonces fue cuando entendí su reacción del día anterior.
-¿Qué tal está mamá? ¿Y tus hermanos?
-Todos estamos bien. ¿Tú cómo estás? – Alberto rebuscó en su mochila – Te he traído algo de comer.
 -Gracias, hijo – él guardó el bocadillo den-tro de uno de los bolsillos – ¿No tendrás algo de dinero?
Alberto metió la mano en el bolsillo trasero y sacó un billete. Se lo dio al padre y éste lo volvió a guardar en el mismo sitio que había guardado el bocadillo.
-Gracias Alberto. Eres el mejor hijo que podría tener.

Media hora más tarde estábamos de camino al centro. Otra vez en el metro y en silencio. Entonces sentí la necesidad impetuosa de abrazarle. Y lo hice.
-¿Y esto a qué viene?
-A que eres admirable Alberto – dije sin soltarle – De mayor quiero ser como tú.
-Yo sí que quiero ser como tú – el brillo que tenía siempre en los ojos había vuelto de nuevo a la vida – Porque no eres como los demás chicos.
-¿A qué te refieres? Pregunté sin entender.
-A que has estado en la oscuridad y has escapado de ella. Has elegido el camino correcto y eso hace que de mayor quiera ser como tú.
-Eso en lo único que me convierte es en un tonto arrepentido.
-Ahí te equivocas Ian – me contradijo él – Eres valiente. Si has huido de eso, serás capaz de enfrentarte a cualquier cosa.
-Eso espero...

Y me armé de valor. Pasaban de las once de la noche y estaba esperando por Isaac en el mismo lugar de siempre. Él no tardó en aparecer, con su camiseta de tiras blancas y sus pantalones negros ajustados, tan irresistible como siempre.
-Sabía que vendrías.
-Pero no por lo que tú crees.
Isaac empezó a acercarse a mí lentamente, tan seguro de sí mismo como siempre.
-Sabes que estamos hechos el uno para el otro Ian – él empezó a rebuscar algo en su bolsillo trasero – Sabes que no puedes resistirte a mí.
-¿Qué haces?
-Es Popper – sonrió mientras sacaba un frasquito – ¿Te acuerdas de la primera vez que lo probamos?
-Isaac, para – le empujé y él retrocedió – Sólo he venido a decirte una cosa.
-¿Que me quieres?
-Nunca te he querido y lo sabes – no me podía creer lo que estaba diciendo – Mi relación contigo fue algo de lo más enfermizo. He luchado por cambiar y lo he hecho. Sólo he venido hasta aquí para que lo supieras.
-Dame tiempo y volverás.
-No lo entiendes, ¿verdad? Nunca me has tenido. Tenías una pequeña parte de mí que ahora ya no existe. No voy a volver – las manos me sudaban, pero mi voz no tembló – Sólo olvídate de que alguna vez he existido.
-No – repitió – Sé que volverás.
Le sonreí. Sentí lástima por él. Estaba convencido de algo que nunca llegaría a pasar y por primera vez le compadecí.
No volví la vista atrás, me dediqué a caminar y a dejar atrás una parte de mi pasado, una parte que jamás creí poder dejar atrás. Pero por fin lo estaba haciendo.
Y por primera vez no sentí malestar, ni retortijones en el estómago, no sentí angustia ni punzadas en el pecho. Dejé atrás una parte de mi vida y, por primera vez, no sentí nada.